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Dürüm

De cómo un poco de sed revela a un sospechoso

La maana había sido bastante tranquila, tan solo habían atendido a un par de viajeros, y según le contaba Pamuk mientras le enseaba a preparar la carne de cordero, no habría nada más sino hasta la cena, de ahí que aprovecharan para macerarla.

Ayame se sintió realmente preocupada al respecto. Los ingresos de la maana no cubrirían una cuota mínima diaria para solventar los gastos proporcionales a la jornada, como de hecho no lo habían hecho el día anterior. Además, veía la despensa bastante llena, lo que no era conveniente considerando las condiciones climáticas que acortaban el tiempo de almacenamiento.

—Si realmente quieres encontrar tu sazón —le dijo —, tienes que aprender de las especias.

—Mi sazón?

—Lo que hace que lo que prepares tú sea distinto de lo que preparo yo, aunque sea la misma receta.

La chica lo pensó por un instante.

—Y no podría mi sazón ser como el de mi padre? —preguntó.

El hombre se detuvo un momento.

—Hasta dónde vas a llegar con tu viaje? —preguntó.

—Pues, hasta donde me lleven las recomendaciones que me dieron en el Kento-Umai.

—Aceptarías una mía?

La chica dio un salto en su sitio, con los ojos bien abiertos, completamente emocionada.

—En serio?! Me encantaría!

—Conocí a esta mujer hace mucho tiempo, es una dama de las especias

Ayame sonrió, aunque no dijo nada, la forma en la que su mirada se enternecía mientras miraba nada en particular, dejaban en claro que ahí había una historia de amor, y eso la animó bastante, pese a que el resultado evidente era que no ocurrió como le hubiera gustado.

—Estuve en el mercado de la capital del País del Fuego. Ahí había una cantidad impresionante de especias.

—El que está a las afueras? —preguntó.

—Sí, esa cosa enorme que tiene de todo.

Pamuk sonrió.

—Difícilmente encontrarás uno así de grande en otro lado, pero en lo que a especias respecta, realmente vale la pena que vayas con Tilo.

—Y ella de dónde es?

—Del País del Rayo, pero ahora tiene una tienda en Suna.

Ayame sintió que se le iba el aliento. Su suerte era tan buena que tenía la increíble oportunidad de entrar en la aldea.

—Pero… esa es la aldea ninja, no? No sé cómo hagan las cosas aquí, pero para entrar a Konoha se requiere de un permiso especial si eres de otra aldea.

—Pues, es igual —le respondió, empezando a armar brochetas con el montón de carne con pimientos, cebollas y la mezcla de especias que había desencadenado la conversación—. Si de verdad quieres ir, no tengo problema en darte un pase para entrega.

—Pase para entrega?

No le respondió.

Pamuk era alto, delgado en relación a esa altura, aunque no precisamente larguirucho. Con la tez morena y un bigote muy oscuro ocultando su labio superior, distaba bastante de verse como un tendero bonachón, que era como podía definir a la mayor parte de las personas que regentaban un restaurante. Sin embargo, aunque era rudo al hablar, con bastante propensión a descuidar su lenguaje, era bastante amable y respetuoso.

—Te haré algo a lo que no se va a resistir —le dijo cuando dejó la carne en la nevera, pasando a tomar una cesta redonda.

—Mira, nia. Ya sabes que el nombre de la carne preparada es kebab, y que hay barias maneras de servirlo. Esto se llama dürüm, es un pan de harina de trigo con levadura, azúcar, sal, agua y aceite.

Ayame tomó uno de los panes, aunque muy difícilmente podría llamarle pan a ese disco que pasaba el tamao de su cara por bastante, demasiado delgado, flexible y suave.

—Se necesitan dos salsas, una de yogur, y una de tomates.

La expresión de la chica fue elocuente, jamás se le ocurriría hacer una salsa con algo que era innegablemente un desayuno, y no precisamente de sus favoritos.

En la práctica, no mejoró su impresión inicial, el yogur era más espeso de lo que había visto jamás, y no llevaba ningún tipo de fruta. Mezclarlo con zumo de limón, clara de huevo, ajo, azúcar, comino, sal, pimienta y perejil, fue… interesante, por decir lo menos.

Una familia de seis llegó al comedor, así que la dejó haciendo la salsa de tomates, que le era más familiar, había hecho una muy parecida en el Kento-Umai, y solo requería de los tomates sofritos con orégano, pimienta, azúcar y sal.

Apenas acababa cuando debió salir a servir a una caravana de mercaderes que iban de paso.

La llegada de personas la entusiasmó, y haciendo gala de sus dotes de camarera con experiencia, se encargó de vender todo lo que pudo. Tenía entendido que el sitio era de Pamuk, así que no pagaba renta, pero se esforzó como si lo hiciera.

—El restaurante de tu padre debe ser popular, nia —le dijo con sorna mientras la miraba limpiando la última mesa.

—Cocina dos de las brochetas en la plancha —le indicó mientras empezaba a preparar una caja —, como te enseé.

Ayame fue por la carne, habían pasado un par de horas e incluso su color había cambiado, y a diferencia de la salsa de yogur, aún sin cocinar, olía demasiado bien.

Nadie más entró, así que se pudo dedicar enteramente a eso hasta que quedaron doradas por fuera y jugosas por dentro.

—Pon atención, porque lo harás para Tilo.

—Cómo?

Tomó las brochetas, inspeccionando que estuvieran correctamente cocidas.

—Aprendes rápido.

La chica no pudo evitar el ruborizarse.

—Es que tengo un buen maestro.

—Aduladora —farfulló, indicándole que la siguiera a la mesa de preparación —. Lechuga, tomate, carne, salsa de yogur y salsa de tomate —indicó, poniéndolos precisamente en ese orden sobre el fino pan —. Y haces un rollo bien apretado para que no se desmonte.

—Ya veo, no puedo llevarlo hecho.

—Ya preparé las cosas, maana por la maana irás a Suna, la tienda de Tilo está en el centro. Y ya que irás allá, comprarás también el Ras el Hanout, que solo me queda una caja.

Convirtiendo el rollo en su cena, y pese a su renuencia inicial, la salsa de yogur no estaba tan mal después de todo. Dejaron la cocina limpia, y las puertas bien aseguradas, fueron a la pequea casa que estaba detrás.

A Ayame le gustó la disposición del lugar desde el primer día. Pamuk le dijo que había pertenecido a su familia desde hacía unas cuatro generaciones, aunque la habían remodelado más de una vez en todo ese tiempo.

Había dos maneras de entrar a la casa; a través del restaurante, pasando la cocina del fondo, por una puerta hacia un patio rectangular bastante grande en cuyo centro había un pozo y un jardín de hierbas techado que aromatizaba todo el espacio.

Al otro lado de ese jardín estaba la segunda puerta, o lo que bien podría ser la puerta principal originalmente, pero que había caído en desuso al ser más conveniente el acceso por el restaurante.

Dos árboles de una fruta que jamás había visto daban sombra a la recámara que le había dejado, y esperaba que dieran frutos antes de que se fuera para poder probarlos.

La casa en sí era demasiado pequea. Al entrar había una sala de estar fusionada con un comedor minúsculo. No sabía en dónde había estado la cocina en otros tiempos, porque ya no había, quizás la consideraba un desperdicio de espacio teniendo la otra.

Al fondo había una pieza larga que ocupaba como recámara principal, y sabía que tenía su propio bao completo.

A la izquierda estaba el cuarto de lavado, y a la derecha la habitación que le había dejado, que era pequea, tan solo una litera de camas de una plaza, un armario con mesa de noche a juego, y un reducido bao con regadera. Y aunque era más pequeo que un cuarto de hotel, había sentido admiración por el hombre cuando le dijo que había acondicionado esa habitación precisamente para atender viajeros.

No era tan extrao que entrada la noche apareciera algún caminante sofocado, agotado y algunas veces perdido, apareciera en el umbral pidiendo posada.

—Buenas noches —le dijo, entrando a su habitación.

Una ducha tibia, casi fría le quitó la sensación de ser una barbacoa humana y que tenía todo el desierto entre el cabello, pero apenas acabó de secarse el pelo, corrió a meterse entre las cobijas. Ya empezaba a sentirse la temperatura bajando.

Sin embargo, realmente no tenía sueo. Ni siquiera estaba cansada. La diferencia en el ritmo de trabajo le hacía preguntarse si así de angustiante era la vida en el País del Viento o su padre era un explotador laboral.

Pero como no había un televisor, una radio o algo para pasar el rato, no le quedaba más remedio que obligarse a dormir, y en eso estaba cuando un ruido la sobresaltó. Curiosa como era, miró por la ventana, apartando muy poco la cortina.

Pamuk dejaba encendida la farola que estaba sobre el pozo. Tenía la potencia suficiente como para alumbrar todo el patio, así que no había margen de error al momento de recocer a una persona saltando el muro. Presa del pánico salió de su habitación y llamó a la puerta de su anfitrión, quien salió casi enseguida.

—Alguien entró a la casa —le dijo en un susurro.

l arqueó una ceja y sin encender ninguna luz se acercó a una de las ventanas.

—Ah, ya. Olvidé decirte —susurró también, haciéndole una sea para que se acercara —. Por las circunstancias de nuestro país, se puede entrar a una casa a tomar agua de una fuente exterior, ya sean pozos, abrevaderos, pilas o incluso una llave. Así a sido siempre, no se le niega el agua a nadie.

Ayame aguzó la mirada, en efecto, la figura se había inclinado en el pozo, escuchó el ruido de la polea y hundió en el balde su cantimplora de la que enseguida bebió.

—Perdón por despertarlo —agregó Ayame cuando vieron al extrao encaramarse de nuevo sobre el muro, y Pamuk se volvió a su habitación, que solo le restó importancia al asunto.

La joven aguzó la mirada. Dudaba mucho que fuese un ninja, porque al menos en Konoha, era muy raro que un ninja hiciera ruido, incluso cuando iban sobre los tejados, a menos que deliberadamente fueran gritando, como Maito Gai, Rock Lee, o Naruto.

A la maana siguiente, como ya era costumbre, se despertó antes de amanecer. Había descubierto que hacer las tareas más pesadas como lavar la ropa, el patio y hasta hacer lo preparativos, se resentían menos sin el sol. Aunque Pamuk le dijo que la mayoría de la gente hacía lo mismo, luchaba por tener sus pendientes resueltos antes de morir al calor del medio día.

Con el alba despuntando, y mientras limpiaba los cristales del ventanal de la entrada, una caravana se acercó por el camino.

—Llegaron antes —dijo Pamuk mirándolos —. Ve por las cosas que te tienes que llevar, te vas con ellos, o te vas más tarde tú sola.

Ayame saltó del banquillo y corrió al interior. No quería imaginarse cruzando el desierto ella sola, fuera la hora que fuera.

Una carreta tirada por unos inmensos bueyes de grandes cornamentas se detuvo solo un momento para que la chica subiera y siguió su camino.

Ayame miró a su alrededor, en la carreta que iba, solo había mujeres y un par de chicos, no había asientos de ningún tipo, era simplemente una plataforma de madera con un techo apenas sostenido por cuatro postes. Acomodó bien su mochila para que nada se escapara de los frascos, y se imaginó que transportar sopas sería considerablemente más difícil, aunque no tendría que preocuparse porque se fuera a enfriar.

—Qué tan lejos está Suna? —preguntó al conductor, que solo la miró por encima de su hombro.

—Una hora, más o menos, si no nos trapa una tormenta.

—Gracias.

"Una hora", pensó, "menos mal que congelamos la carne".

No consiguió hacer conversación con nadie, parecían demasiado ocupadas en los asuntos de su cabeza como para responder a cualquier cosa con más de un monosílabo, así que la hora de camino fue más aburrida de lo que esperaba. Lo peor, en todo caso, era que la caravana realmente no entraba en Suna, sino que la dejaba en un páramo a uno cuatro kilómetros aproximadamente.

Al menos podía ver las murallas, lo que evitaría que se perdiera.

—Espérame! —exclamó un muchacho corriendo detrás de ella.

Ayame se detuvo para mirarlo. No le conocía de nada, pero seguramente solo no quería ir solo ese tramo. Pronto se fijó en la banda en su frente, era un ninja de Suna, quizás un genin porque era muy joven, más que ella.

El chico se presentó como Eko, y en efecto, no quería ir solo ese tramo, o como lo planteó, no quería que ella fuera sola.

—Es que alrededor es peligroso —dijo —. Desde hace mucho tiempo que se crían serpientes venenosas y escorpiones que luego se dejan libres.

Ayame contuvo un jadeo, y agradeció su ofrecimiento para ir con ella.

—Estoy realmente muerto! —exclamó el chico estirando los brazos hasta que su espalda tronó —Ocho horas de viaje! Y el agua se me acabó anoche.

La chica lo miró con media sonrisa en el rostro. De Konoha a Suna, en carreta, eran casi veinte días.

—Mira —le dijo, sealando una pequea casa junto a un pozo —. Puedes tomar de ahí.

—Y que salga un viejo gruón a decirme que es su propiedad? No gracias, casi legamos a la aldea.

Ayame frunció levemente el ceo. Por lo que le había explicado Pamuk, había creído que sería perfectamente normal y que, de hecho, para eso estaba ese pozo a las afueras. Solo se encogió de hombros, quizás en territorios aledaos a la aldea ninja las cosas serían diferentes.

Y entre una amena charla que empezó con el clima y acabó como una apreciación de lo que cada uno consideraba una buena película, llegaron finalmente a las enormes puertas.

—El registro está por allá —le dijo, sealándole un acceso más pequeo.

—Gracias…—respondió, aunque el chico ya no estaba, algo que no le sorprendió realmente, al perecer era un mal común del gremio irse sin más.

Los guardias de la entrada revisaron la carta que le había dado Pamuk, la mochila y su propio documento de identidad.

No habían sido particularmente amistosos como lo eran Izumo y Kotetsu, pero tampoco podía quejarse de haber sido ofendida de alguna manera, y al cabo de unos quince minutos, la dejaron entrar.

Al otro lado de la muralla, la ciudad no lucía especialmente espectacular, aunque sí se trataba de un conjunto de mayor tamao que los asentamientos que había visto a su paso por el País del Viento, y con definitivamente más gente.

Sacó el mapa que le habían hecho, mirando a un lado y otro para poder orientarlo como era debido, y una vez que lo consiguió, le pareció un camino bastante simple. Tanto así que le tomó más tiempo entrar en la aldea que encontrar la tienda.

Ya estaba el cartel que anunciaba que estaba abierto, así que entró. Una campanilla sonó sobre su cabeza y al momento, una mujer salió de la trastienda dándole los buenos días.

Era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida, aun cuando se alejaba bastante de los cánones de las revistas de moda: no muy alta, con las curvas acentuadas en sus debidos sitios, el pelo negro, liso, largo hasta por debajo de la cintura. Su piel era obscura, aunque tenía un brillo aterciopelado que acentuaba sus ojos ámbar.

—Usted es la seorita Tilo?

Ella sonrió, inclinando levemente la cabeza, por lo que Ayame se acercó con la carta que le había mandado Pamuk.

—Ya entiendo —le dijo —. Bienvenida a mi tienda.

Justo acababan de intercambiar saludos, cuando un hombre salió de la trastienda, casi tropezándose con una cesta que estaba al paso.

—Lo siento, cielo —dijo, ajustándose la banda ninja de Suna luego de haber conseguido evitar una tragedia. Luego pareció reparar en la presencia de la visitante.

—Ella es Ichiraku Ayame —dijo la mujer —. Parece que se quedará con nosotros el fin de semana. Pamuk-kun me ha pedido que la instruya un poco en materia de especias de cocina.

—Oh! Eso es excelente! Ayame-san, mi mujer es una verdadera prodigio! —exclamó el hombre con una gran sonrisa, la que solo podía tener el esposo de una mujer tan hermosa y amable, cuando hablaba de ella.

—Espero no ser una molestia —dijo, inclinándose levemente.

Se sintió mal por Pamuk, claramente su historia de amor no se dio por ocurrir simultáneamente a otra. Y por lo que podía ver, al menos esa había tenido una feliz resolución.

—Para nada! Justamente acabo de hacer unas remodelaciones en la casa porque bueno, pronto necesitaremos otra habitación…

Tilo cerró los ojos, con una sonrisa en los labios y claramente avergonzada.

—Por favor, aún no es seguro, los resultados me los darán en unos días.

—Muchas felicidades! —exclamó Ayame. De pronto, recordó lo que llevaba en la mochila y pensó que podría ser un momento más que adecuado, por lo que se apresuró a explicar que necesitaba usar la cocina.

Los tres fueron de vuelta a la trastienda, que era la casa y se puso a trabajar.

Para cuando se dieron cuenta de lo que estaba preparando, el ninja empezó a reírse a carcajadas.

—Ese tipo! —exclamó —Me ahorró un viaje! Ayame-san, no lo creerá, pero justamente esta maana, esta hermosa dama se lamentaba de que La flor del desierto estuviera tan lejos.

—Tilo-san —dijo Ayame, aventurándose a hacer n comentario personal —, necesita más pruebas de lo evidente?

—Es lo que digo!

Luego de que la carne estuviera correctamente cocida, armó los rollos, notando con extraeza que Tilo había puesto una ración extra de la salsa de yogur.

"La embarazadas son tan raras", pensó, viéndola hacer expresiones que quizás podrían malinterpretarse sin el contexto adecuado.

Sin embargo, el rato ameno pronto se vio interrumpido por la llegada abrupta de un ninja golpeando la puerta trasera, que era el acceso directo a la casa, y el hombre, hasta el momento enérgico y alegre, se tornó súbitamente serio, saliendo a atender lo que quería.

—Cierra la tienda —ordenó a su esposa, volviendo rápidamente para tomar su bolsa de armas—. Es un código gorrión naranja —y desapareció en una nube de humo.

Contagiada por la actitud de su marido, Tilo corrió a la tienda, con Ayame detrás para ayudarla en lo que fuera que se escuchaba tan mal.

—Qué es un código gorrión naranja? —preguntó, aunque tenía la sospecha de que era exactamente lo mismo que en Konoha en la escala de colores.

Tilo cerró las contraventanas de madera, asegurándolas con sus pasadores, y echó los dos cerrojos a la puerta, además de colocar un travesao.

—Un intruso en la aldea, un intruso que ha hecho algo muy malo.

Ayame tragó saliva, apresurándose a ayudarle a asegurar los accesos, y mientras lo hacía, no pudo evitar el pensar en el muchacho que llegó con ella.

Comentarios y aclaraciones:

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Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.

Y más que nada, quiero desearles Felices fiestas!

Este ao logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.

Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto

Gracias por leer!